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El marketing y lo hiperreal

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En Mundo espejo —una novela del escritor ciberpunk William Gibson— uno de los personajes que se presentan al lector es Magda, una joven que trabaja por su cuenta para una agencia de publicidad para financiar su carrera artística como creadora de sombreros. La agencia le paga por ir a lugares sociales cuidadosamente seleccionados y mencionar una marca de ropa nueva, una película reciente o un nuevo producto que ha salido al mercado en sus conversaciones informales con la gente que conoce. No se le pide que recomiende esos productos, solo que los mencione favorablemente. O, si una persona con la que se encuentra, por ejemplo, un hombre que muestra atracción por ella en un bar, menciona un producto específico, entonces a ella le pagan por decir que a ella también le gusta ese producto. El objetivo de la agencia no es crear consumidores inmediatos de un producto en particular, sino que las personas reciclen la información a los demás: es un modelo viral.

Pero, con el paso del tiempo, a Magda le empieza a suceder algo: cuando sale a divertirse — no a trabajar, tal vez a tomar unas copas — conoce a otras personas y empieza a charlar con ellas. Y, si por casualidad esa persona habla de un diseñador, una película o un producto en el curso de la conversación, Magda es incapaz de seguir, ya no puede disfrutar del encuentro. Comienza a desconfiar de la gente, desconfía de su autenticidad. Ya no sabe lo que es real.

Los conceptos de auténtico y real están pasando a situarse en el centro de nuestra historia colectiva desde hace un tiempo, empujados, en parte, por la actividad trepidante de marketing. Lo real y lo simulado ya no tienen definiciones o límites claros.

El filósofo Jean Baudrillard sostiene que un simulacro no es simplemente una copia de lo real, sino que se convierte en una verdad en sí misma, se convierte en lo hiperreal. Esencialmente, lo simulado se convierte en la realidad.

Pero ¿qué hacemos con estas ideas? Sus consecuencias son tanto filosóficas como prácticas. Continuamente tomamos decisiones sobre las estrategias de comunicación de nuestros proyectos y productos que se entrecruzan con cuestiones de autenticidad, tanto si nos hemos parado a pensar en ello como si no.

Podría ser que dependiese totalmente de cada uno de nosotros desarrollar paradigmas de marketing y contenidos que reflejen nuestros valores personales — mejor aún, que iluminen nuestros propios valores.

Esto no lo harán los demás por nosotros. Y, no hay un mapa claro, ningún conjunto de normas. Aquí estamos, personas desnudas, revelando nuestra esencia, sin nada más que el deseo y la intención para guiarnos por un laberinto cambiante de posibilidades.

La historia de Magda podría al menos servir como una de las voces que nos guíe en nuestra búsqueda: sus actos de simulación al final se volvieron contra ella y la hicieron dudar de la gente que la rodeaba —lo real se había convertido en indistinguible de lo hiperreal.

Ella anhelaba autenticidad.

[Autora de La Estrategia Blog: www.laestrategiablog.com]

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